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28/12/2005
 No se porqué sigo aquí aguantándote. Nunca has hecho nada por mí, y esta noche estoy demasiado cansado para recoger tu mierda. La mano te vuelve a sudar, ¿te has vuelto a quedar sin agallas? Eres un gallina. Lo eras de niño y lo sigues siendo ahora. ¿Te vas a volver a mear en los pantalones? Hoy el traje te aprieta más que otras noches. Hoy no es tan fácil matar a una puta. Apunta valiente, nadie la va a echar de menos. Una mas que desaparece, es algo que pasa todos los días. Además es tu trabajo. Podías haber elegido otra cosa pero elegiste tener una 45 en la mano y apuntar a una nuca llorosa. Fóllatela y dispara. Noto como tu pulso se excita, poco a poco. Se revoluciona y acaba siendo un motor que te revuelve las entrañas. Dispara. ¿Necesitas otro Whisky perdedor? Fóllatela. Dime que la oyes llorar. ¿No te pone cachondo? ¿No te la pone dura? Eres un enfermo. Dispara. No puedes, ¿eres hombre? Pedazo de mierda sin agallas. Siempre hemos estado juntos, y ahora, ahora ya no me escuchas. Si te viera tu padre. Si levantara la cabeza y viera en que clase de maricón sin pelotas te has convertido. Volvería a darte las hostias que te dio, volvería a dejarte el cinturón marcado en la espalda. Se un Hombre y fóllatela. Dispara. ¿Te crees que me das miedo apuntándome? Te crees que esa 45 con la que he matado desde que tenía quince años me da miedo. Imbecil, dispara si tienes pelotas. Cállame. Ten las pelotas de matar al único que te ha apoyado desde que te escapaste. Ten los cojones de hacerme callar. No eres hombre ni para eso. No eres Hombre. No eres. No. ………………………… Acabé con él. Ahora sólo escribo yo. Ella llora a mis pies. Huye pequeña. Huye de estas líneas a las que nunca debías haber accedido. Huye. Ahora es la sangre la que llora en mis zapatos. Y tú, miserable que vomita mi sangre en esa esquina, duerme. Duerme y que sea en la oscuridad donde encuentres la amnesia del renegado. La amnesia. Ya no recuerdo porque me muero. Ya no lo recuerdo.
22/12/2005
 Libre como el viento te quiero libre como el viento como la fe del hombre y como el campo abierto.
A ustedes señores míos nuestros dignos mandatarios quiero aclararles un punto que es necesario aclararlo.
Ustedes fueron guerreros azules, rojos o blancos, ustedes se asesinaron como lobos sanguinarios.
A ustedes señores míos se os llenaron las manos de sangre de oscuros gritos que fue inundando los campos.
A ustedes señores míos los más altos, los mas sabios, los que sembraron de muerte los valles tristes del llanto a ustedes señores mios os toca reconciliaros.
Nosotros estamos unidos otras razas y otros cantos nosotros vamos unidos nosotros no no matamos, nosotros somos el luego y ustedes son del pasado
Os recomiendo esta canción de Lole y Manuel. Brutal. "NOSOTROS SOMOS EL LUEGO Y USTEDES SON EL PASADO"
18/12/2005

Feliz Navidad a todos El 2006 será lo que cada uno quiera que sea y ahí está su magia
11/12/2005
 Permíteme que sea yo quien te lo diga. Lo que tienes ahora mismo ante tus ojos es una mera ilusión. La secuencia de letras no viene implícita en los espacios en blanco, y las palabras cobran el sentido que cada uno quiera otorgarlas. Somos casimíticos, ensoñadores y paraloculistoides desenfrenados. Nos gusta que nos miren, y por eso mismo estoy en el punto más alto de la Torre Eiffel, a 324 metros de mi yo curioso. Y todo empezó cuando aquel maldito croissant me manchó de chocolate la chaqueta incorrupta. Desde aquí arriba se ve todo con otra perspectiva; el vaso medio lleno siempre de ron, no existe el abandono solo incompatibilidad de caracteres, antes era feo y ahora soy ateo sinvergüenza, antes era médico y ahora soy un suicida acojonado, desde aquí arriba todo se ve desde otra perspectiva. Mi padre decía que antes de tomar una decisión, como es el caso, había que hacer dos listas, unas con los beneficios de la acción y otra con los inconvenientes, mi padre era una pesado y por eso se murió. Algunos dicen que es la depresión prenavideña, o la depresión de los taitantos, o la depresión futbolística, o la depresión depresiva en general, no tengo ni idea. Y ya estoy en el aire, 320. Hace frío en Francia, me tenía que haber traído una bufandita. Estaba rico el croissant de esta mañana, pero que pena que lo de esta chaqueta, además en un día importante como hoy. Ya me imagino a los policías cuchicheando sobre la mancha de chocolote, echándome en cara que los suicidas de ahora no son como los de antes, que ahora ya no se suicidan con estilo, con charme. 280. Pero me va a dar igual. Espero que por lo menos me pongan una lápida bonita, con un bonito epitafio, algo así como: “A él, que tanto hizo”, así cortito, directo y abierto a la imaginación. Ya me lo imagino, la envidia del camposanto, aunque no estoy seguro si a los suicidas nos entierran en los cementerios, para el caso me da igual a estas alturas, exactamente a 200 metros. Que sorpresa, un grupo de turistas japoneses, sacarme fotos, me gusta sentirme parte de su viaje. Señora, cójame este perfil que es el bueno, dentro de lo que cabe. Para ser sincero seguro que no cabe, yo no consideró problema tener la cabeza grande, aunque es cierto que ahora si que echo en falta un gorrito, ah y la maldita bufanda, joder que frío hace en Francia. 150. Para que lo sepáis, yo soy juanetólogo, o sea que estudio el ser y la profundidad terapéutica del juanete en nuestra sociedad, tema que creo apasionante y del que podría pasarme horas hablando, cosa que no voy a hacer por cuestión de metros. 100. Debo ser un espectáculo, estéticamente hablando. Majestuosa caída, salto con clase, el glamour de la relatividad, orgulloso suicida. Aunque ahora que lo pienso suicidarse es una tontería, 75, que vergüenza el morirse ahora con toda la gente mirando, 50, ya no me suicido, 25, ¡cogermeeee! Menos mal que mi yo curioso ha estado atento, al tercer bote no has estado mal, gracias por los aplausos. Tan sencillo como esto, vamos a tomarnos un croissant. Te recuerdo que son solo palabras que han cobrado un sentido de los miles que se podían divisar desde la punta de la Torre Eiffel, exactamente a 324 metros de la nada.
05/12/2005
10/11/2005
 Llevo una bala cubana alojada en mi culo desde 1937. Es una buena forma de empezar una historia, no te parece. No estaba seguro de que hoy aparecieras, me alegra verte. En el momento exacto si dolió no te voy a mentir, pero luego cicatrizó y la bala pasó a ser parte de mi nalga. Es un recuerdo de un viaje, un recuerdo que, literalmente, llevo dentro. En verano del 1936 entré a formar parte de la tripulación de un carguero con bandera chipriota llamado el “Esperanza”, capitaneado por un holandés al que nunca llegue a ver. Estuve dos años a bordo de ese cascarón y navegué desde Barcelona a Guayaquil, perdiéndome por Lisboa, amando adolescentes en Palermo, y emborrachándome como un loco en una taberna de Puerto Cabello. La misma gente con caras distintas y los mismos bares con diferentes vasos. Me jugué el sueldo que no tenía y me rompí varias veces la cara por lo único que me quedaba, el honor. Recuerdo aquellos días con nostalgia, es cierto que no tenía nada, pero tampoco lo necesitaba, trabajaba para vivir y vivía para viajar, que al fin y al cabo era lo que realmente deseaba. En Septiembre de 1937 el Esperanza tiró el ancla en frente de la Habana, y una barca de marineros se deslizó hacía la orilla cuando todos en el barco dormían. No era la primera vez que nos escapábamos a beber así que todo estaba bien calculado. Fue al quinto o sexto mojito cuando me quedé solo y me deslicé por aquellas calles en las que el ritmo se apagaba poco a poco. El único son que quedaba era, el que intermitentemente, remitía mi corazón borracho. La Habana vieja estaba dormida y yo era un intruso en ese sueño. De repente escuché las primeras notas de aquel Bolero de Juan Arvizu en que “me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”. Levanté mi mirada y ella estaba esperándome sin el camisón. En un momento inexplicable subí a su balcón y la besé, el bolero continuó y las palabras no fueron necesarias. Aquella diosa negra sabía muy dulce y, goloso, probé cada rincón de su cuerpo. Sus pechos acariciaban mis manos y sus susurros me hundieron en lo más profundo de su colcha. Me perdí en su jugo y dibuje espirales por debajo de su vientre, una y otra vez, como si la noche fuese a terminar al abrir los ojos. De repente una puerta se abrió a mi espalda y el disparo sonó cuando ya sabía que me habían herido. Salté por la ventana y me desvanecí por aquellas calles que despertaban, dejando atrás a mi diosa y a un probable marido celoso con una pistola humeante en la mano. Que rápido se olvidan los sueños cuando tu nalga parece todo menos una nalga, y que juguetón se vuelve el tiempo cuando permite que te cuente esta historia tantos años después. Ahora mi bala, mi nalga y yo nos vamos a cenar. Mañana nos vemos pimpollo. “Me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”.
06/11/2005
Aquella mañana se puso el sombrero italiano y se ajustó el cinturón. La ciudad sonaba lejana aunque apenas recortaba dos escalones hasta el portal. Don Pablo sonrió, se enfundó la gabardina y calzó su bastón. Todo preparado para el paseo por el parque de los Jesuitas, su pequeña odisea con un pícaro envite a la vida. Supongo que haría algo así. Quizá soy yo quien le obliga a repetirse mañana tras mañana en mi hoja vacía, como un ritual para mi propia consciencia, o para calmar esa lógica que a veces me pesa demasiado. Quizá porque no tengo ni idea, realmente, qué hacía por las mañanas y prefiero imaginarlo así, vistiéndose de dandy y partiendo hacía nuestro banco, banco en el que horas después dos enamorados se mentirían amor eterno, sin olvidar que todas las mentiras esconden su secreta verdad. El día que conocí a Don Pablo hacía soledad. La tarde había entrado en una madurez calurosa y la chaqueta había abandonado mis hombros huyendo hacia zonas más tropicales. Mi cuerpo empapado de inercia, seguía a la sombra que proyectaba una mota de polvo de un lado a otro del paseo, dejando atrás segundos que de acuerdo con mi mente debían de pasar absolutamente en blanco. Me senté porque el banco parecía disimular bien su suciedad y eso le otorgaba cierto carácter, tan simple como eso. Dejé que un par de segundos merecieran la pena y los ojos cerrados permitieron que fuese un orgasmo de calma, ni siquiera tuve que fingir. Entre mis rodillas dormitaba mi cartera, en ella, se jugaban el ascenso a la luz una “Antología poética” de aquella generación que no fue, “El último encuentro” del suicida húngaro Márai, un “Quijote” de literatura para masas que venía con el pan y Las fábulas y leyendas del mar de Cunqueiro. Fue éste último quien en una jugada memorable consiguió alcanzar mi mano alzándose así con la victoria moral, que al fin y al cabo es la que más vale. Dice Cunqueiro sobre el mar de China que es rojizo hasta donde se pierde el horizonte, y que está dividido en siete pisos, cada uno habitado por una criatura fantástica. Por ejemplo, en el cuarto piso está el pez por antonomasia, sin duda alguna. Su susurro se resbaló por encima de mi espalda:
- No es cierto eso, el pez por antonomasia es en verdad el pez por antonimia pero no se han puesto de acuerdo con él porque siempre se centra en llevar la contraria. Ya sabes como son algunos peces de tozudos. Y luego está el tema del idioma, que en Vigo no pasa porque los peces hablan también castellano, pero es que en China, a ver quién les entiende. ¿Me puedo sentar con usted?
Apareció. Ahora pienso que quizá salió de un libro que no leí o quizá de todos los que esperaban ser leídos y perdieron su oportunidad. Se quitó la gabardina y se sentó junto a mí con la antigüedad de quien ha comprendido al tiempo.
29/09/2005
 Yo no tuve la culpa. Fueron los diarios los que sacaron la noticia y embravucaron a la gente, incluso el mar se volvió violento quedando Poseidón en entredicho. En el muelle una pareja se besaba aplaudida por un par de caracolas salidas, en tanto, dos señoras rellenas de pavo real, llenaban sus bolsos con ladrillos, por si acaso el mar se seguía poniendo, mar al fin y al cabo. La charada huía de la espuma por encima de los tejados y las pelotas fueron requisadas por un guardia que tenía cara de salmón. A eso de las 6 de la tarde el gobierno prohibió el uso de la s y de la r, porque son letras que incitan a la revolución. Un intelectual nada revolucionario, que no se sabía atar la corbata, se rió de todos, y luego lloró, porque no tenía a nadie con quien reír, ni siquiera sus libros le habían esperado. Un jovencito de provincias buscaba una barca para cruzar el charco, Aqueronte le prestó la suya a cambio de un buen cocido y un café con hielo. La señora preparó el café y terminó de hacerse las uñas, que según el portero medían tres kilómetros y treinta dos centímetros, mientras oculto en una bolsa, un bandido la esperaba para amarla un sólo segundo, él no quiso cobrarla nada por sus servicios. En ese momento una paloma declaró su amor a una vieja viuda y la prensa del corazón dudo de sus intenciones. En la noche de bodas el botones recibió una buena propina y le compró a su novia pelirroja un trocito de la torre Eiffel, lo más romántico que habían hecho nunca por ella. La paloma y el botones perdieron la virginidad la misma noche. La cena se quedaba fría y el solitario no esperaba a nadie más, no sentía a nadie pues nadie existía para él, mientras se comía la cena fría se cansó de esperar a nadie. La maleta que venía de Trivoli se puso una pegatina de Barcelona y se fue de putas en las Ramblas, no recuerda cómo la portuguesa le abrió el cuero, pero nunca le habían abierto el cuero igual. Cerró la puerta y le dejó descansar, le cobró un trocito de juventud en una finca bonaerense, donde todavía la afición de Boca le echaba de menos. En el mismo portal una joven homicida dormía como sólo se duerme en Disney, convirtiéndose en pura heroína para huir de sí misma. Ya le dije al comisario que yo no tuve la culpa, fueron los diarios los que sacaron la noticia. El tranvía subía al Tibidabo y el tiempo jugaba a colgar una vida de otra en mis rodillas. Se hacía tarde.
10/09/2005
 1. Ni siquiera yo mismo se cuando miento. 2. La verdad es que no se decir la verdad, aunque la verdad tampoco quiere existir. 3. De verdad que te quiero, de verdad que te esperaré, de verdad que ni me acuerdo como te llamas. 4. Decía el maestro que dos verdades son una gran mentira y una gran mentira es una mentira extraordinaria. 5. Te amo, je t’aime, I love you, como me decías que te llamabas? 6. Eres el amor de mi vida de hoy y prometo que a partir de ahora voy cambiar. 7. Ya sabes que yo no miento, me mienten mis palabras con la erótica de la fricativa. 8. Te quiero y siempre te querré. Tu nombre era…? 9. Miento para aceptar como soy. 10. Soy una gran mentira. Perdona olvidé tu nombre.
01/09/2005
 Me empezaron a sudar las manos mientras esperaba a Catalina en el sofá. Nunca había tenido que pasar por algo así y recordé el día de mi boda, realmente un pensamiento de lo más absurdo que no tenía nada que ver con lo que en ese momento importaba, pero como ya veréis en ocasiones puedo llegar a ser bastante anormal, en el buen sentido de la palabra. Recordé como iba vestida Cata y como se tuvo que cambiar el traje cuando el niño del primo Manuel la vomitó encima, todo por la endemasía gastrica de calamares en situación ilegal que se había metido entre pecho y espalda el croqueto del muchacho. La fiesta duró hasta que Cata quiso y su madre nos dejó, y en la noche de bodas le dolía la cabeza, puedo afirmar que soy el único hombre de Cantalejo y alrededores que no ha hecho uso del matrimonio en su noche de bodas, y mira lo que te digo, con ganas me quedé, porque debe tener un regustín especial, además esas cosas a uno le marcan para luego y ya no afrontas el resto de tu vida de la misma manera, pero bueno eso es otra historia. La verdad es que allí estaba yo, esperando a Cata en el sofá, y porque no decirlo, muerto de miedo. No quiero que penséis que Cata es un monstruo, en todo caso una monstrua, por ser coherentes con la gramática y con el tema del género, que hoy día es un tema peliagudo que no termino yo de comprender, que toda la vida yo me he bañado en el mar de Cantalejo, pero ahora la señora farmacéutica dice que ya no es el mar, que ahora es la mar, que suena más poético, pero que al fin y al cabo sigue siendo lo que hay cuando se acaba la playa, aunque no estoy muy seguro porque, como dice la Cata, yo soy un poco becerro. Pues eso que la Cata salió a comprar la pesca y allí estaba yo sentado en el sofá mirando la puerta. Aquella situación me recordó a una película que vi en el cine Bámbola, la historia de un detective un poquillo desgarvao, que esperaba a la muerte en el sofá de su piso mientras se fumaba los cigarros que le había robado al jardinero que se acostaba con el marido de su amante. A la Cata no le gustó la película porque no tenía amor, pero la cata no tiene mucha idea de cine porque nunca ha salido de Cantalejo. Ese día me esposó a la cama y se emvolvió en una gabardina vieja. No os cuento lo que me hizo con la cubertería nueva, la que había pedido a la teletienda cuando se enganchó a la telecompra, que todavía me tiemblan las piernas cuando pienso en la espumadera, pero como me decía la culpa había sido mía por haberla llevado a ver una película de detectives y acción, con lo influenciable que se vuelve cuando tiene la regla. La Cata tuvo mucha suerte conmigo y aunque ella lo niegue fue ella la que se me arrimaba y me decía cochinadas, que en parte eso fue lo que más me gustó de ella, que a mí lo de la mente sucia no se me da nada mal. Yo era un magnífico bailarín, el señor del cha cha cha, de lo mejorcito de los quintos de mi generación. Era en las fiestas cuando de verdad nos acercábamos, nos gustaban los bailes arrejuntaos, donde nos sentíamos bien lo que había que sentir. De todas formas a la Cata había que vigilarla, porque en cuanto me despistaba ya tenía al del garaje encima la muy arpía, y ella que se dejaba para darme celos, y yo embrutecido como una cebolla montaba en colera, que se que la gustaba verme así, que siempre fue muy mala la Cata para estas cosas. Y allí estaba yo años después maldiciendo el día que bailé con la Cata y esperando que regresara a casa para decirle aquello, ya se la podía haber llevado el del garaje, que menudo peso de encima me iba a quitar yo, o de abajo según esté de humor la Cata. Pero asín es la vida, unas veces se gana y otras muchas se pierde. Y fue ahí cuando se abrió la puerta y mi voz sonó rota desde el fondo del sofá: - Cata, querida, se me han olvidado los tomates.
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