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Fábulas y Leyendas de un hombre de humanidad: Capítulo 2

Fábulas y Leyendas de un hombre de humanidad: Capítulo 2

 

Llevo una bala cubana alojada en mi culo desde 1937.  Es una buena forma de empezar una historia, no te parece. No estaba seguro de que hoy aparecieras, me alegra verte. En el momento exacto si dolió no te voy a mentir, pero luego cicatrizó y la bala pasó a ser parte de mi nalga. Es un recuerdo de un viaje, un recuerdo que, literalmente, llevo dentro. En verano del 1936 entré a formar parte de la tripulación de un carguero con bandera chipriota llamado el “Esperanza”,  capitaneado por un holandés al que nunca llegue a ver. Estuve dos años a bordo de ese cascarón y navegué desde Barcelona a Guayaquil, perdiéndome por Lisboa, amando adolescentes en Palermo, y emborrachándome como un loco en una taberna de Puerto Cabello. La misma gente con caras distintas y los mismos bares con diferentes vasos. Me jugué el sueldo que no tenía y me rompí varias veces la cara por lo único que me quedaba, el honor. Recuerdo aquellos días con nostalgia, es cierto que no tenía nada, pero tampoco lo necesitaba, trabajaba para vivir y vivía para viajar, que al fin y al cabo era lo que realmente deseaba.
En Septiembre de 1937 el Esperanza tiró el ancla en frente de la Habana, y una barca de marineros se deslizó hacía la orilla cuando todos en el barco dormían. No era la primera vez que nos escapábamos a beber así que todo estaba bien calculado. Fue al quinto o sexto mojito cuando me quedé solo y me deslicé por aquellas calles en las que el ritmo se apagaba poco a poco. El único son que quedaba era, el que intermitentemente, remitía mi corazón borracho. La Habana vieja estaba dormida y yo era un intruso en ese sueño. De repente escuché las primeras notas de aquel Bolero de Juan Arvizu en que “me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”. Levanté mi mirada y ella estaba esperándome sin el camisón. En un momento inexplicable subí a su balcón y la besé, el bolero continuó y las palabras no fueron necesarias. Aquella diosa negra sabía muy dulce y, goloso, probé cada rincón de su cuerpo. Sus pechos acariciaban mis manos y sus susurros me hundieron en lo más profundo de su colcha. Me perdí en su jugo y dibuje espirales por debajo de su vientre, una y otra vez, como si la noche fuese a terminar al abrir los ojos.  De repente una puerta se abrió a mi espalda y el disparo sonó cuando ya sabía que me habían herido. Salté por la ventana y me desvanecí por aquellas calles que despertaban, dejando atrás a mi diosa y a un probable marido celoso con una pistola humeante en la mano. Que rápido se olvidan los sueños cuando tu nalga parece todo menos una nalga, y que juguetón se vuelve el tiempo cuando permite que te cuente esta historia tantos años después. Ahora mi bala, mi nalga  y yo nos vamos a cenar. Mañana nos vemos pimpollo. “Me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”.
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1 comentario

Bako -

Brillante
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