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La fragilidad de la mariposa

Si sigues el pequeño camino que se olvida Peñalba entre zarzas, jaras y brezos, siguiendo en secreto el arroyo de Cañamar, aparece ante los ojos, inquieta, la cascada de Jaramilla. Se levanta sobre la imagen que la charca le guarda, ajena ya a lo que reflejó años atrás, cuando mi voz era el timbre de una flauta y las arrugas no corrían por mi cara. El agua mantiene el mismo sonido que entonces y la luz sigue entrando con timidez a darse un baño junta a la hojarasca ya caída. Nadie se quiere acordar hoy de este lugar. Un pequeño paraíso que sigue estando maldito para muchos, aún cuando el polvo del tiempo ha cubierto el recuerdo de aquella pesadilla.
Miro y creo ver su silueta, siempre saliendo como un suspiro de esa oscuridad que para todos nosotros era luz. Pero mejor no adelantemos acontecimientos. Como él nos decía la historia comienza así… “Había una vez…”.

Capítulo 1

Había una vez un país llamado España que por cuestiones bíblicas y políticas se vio enfrascado en la guerra de Caín y Abel, la peor de las guerras. Pero todo eso lo supe luego. Mi padre, Augusto Molina, cultivaba las tierras que, su padre, Julio Molina, había heredado a su vez de su padre, Cayo Marco Molina, que ya había cultivado allá por el siglo de las luces, César Molina, gran patriarca de la familia. Lo primero que tengo que decir es que mi familia es una familia de tradiciones, y que estuvo ligada al pueblo de Peñalba hasta que el hambre nos mandó a Alemania en la década de los 50, para volver años mas tarde con el dinero justo para emigrar de nuevo, esta vez a la gran ciudad de Madrid.
Los Molina, a parte de cultivar la tierra, se dedicaron durante siglos a la venta y compra ambulante de libros y manuscritos, con los que se sacaban unas gallinas extra en ferias de aquí y allá. Libros de aventuras, censos de iglesia, listas de comercio, alguna biblia en latín, y sobre todo libros de historia. Y fue un bisabuelo de mi abuelo quien de tanto leer, quedó totalmente fascinado por el imperio Romano, e instauró la costumbre familiar de bautizar a los varones con nombres de los grandes Césares del imperio, costumbre que provocó que se nos conociese por la zona como los “emperadores”. De ahí que mi nombre sea Rómulo Máximo Molina, nombre propio de artista de cine, y, conocido en Peñalba y alrededores como “Romax, el emperador”.
Mi infancia quedó truncada por la llegada de la guerra civil a Peñalba, pero antes de que su sombra se pasease por las calles recuerdo una de las etapas más felices de mi vida. Una etapa de libertad y fantasía, donde la verdad se mezclaba con el mito y donde cada personaje se reflejaba con una luz especial. Recuerdo los barullos de verano en el jardín, aquellas noches de agosto en las que escondido tras una cortina, escuchaba la voz de una guitarra peregrina y la canción viva de unos hombres que buscaban su lugar en aquel presente.
Sentado en una mecedora, balanceándose entre el sueño y el humo de un habano, mi padre. Su piel oscura y su poblada barba le daban un aire inquietante que se desvanecía cuando su sonrisa aparecía en aquella mata de pelo rizado. Era un hombre bondadoso hasta extremos inimaginables, y no supo decir que no cuando el Doctor Bermúdez le propuso para teniente alcalde de Peñalba, cargo que ocupó hasta su detención en aquella triste primavera. Fue uno de los primeros en caer frente al fusil de un guardia civil en la trasera de la iglesia.
Desde que mi mente tiene consciencia recuerdo junto a mi padre a Filipo, su hermano menor. Si Augusto era tormenta Filipo era soplo, no eran el uno sin el otro, un alma en dos personas, un alma que empezó a morir el día que mi padre nos dejó. La voz de Filipo era inolvidable, cuando cantaba todos callaban, cuando hablaba todos escuchaban y cuando reía todos se sentían enamorados. Nunca fue hombre de campo por lo que rápidamente se decantó por el negocio familiar de los libros. Filipo se sentaba horas y horas debajo de cualquier árbol y se sentía volar entre vocales y consonantes.
“Fili” desapareció con todos los demás, cuando detuvieron a mi padre y al doctor en las puertas del ayuntamiento. Los jóvenes que no escaparon fueron conducidos hacia camiones negros para no volver a ver sus casas, mientras que en la trasera de la iglesia dejaron colgados dos irreconocibles cadáveres como aviso a quienes habían tomado camino del monte. Todavía veo sombras de aquellos días, sombras que años después paseaban orgullosas ante mi mirada, ajenas a una masacre de la que la luna fue testigo mudo.
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2 comentarios

laculpaesdelotro -

la verdad es que estaría mejor sin esas rebabas de adjetivos que no dicen nada a la historia (estos juguetes son flechas, el peso que esté demás, hará que se caiga al suelo, el peso que haya de menos, hará que sobrevuele la diana). De todas maneras me he divertido mucho. Por cierto, he cambiado de blog (y, por lo tanto, de dirección)
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tita -

Creo que siempre hay algo de mito a lo largo de toda nuestra vida... acompañando a la verdad o sin necesidad de ello... Quién sabe si el que atrapa el cielo de Salamanca entre sus pestañas es un mito para alguna durhaniana (pongamos cualquier nacionalidad si quieres) ahora despechada...
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