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06/11/2005

Fábulas y leyendas de un hombre de Humanidad: Capítulo 1

20051106190053-imagen20a.jpgAquella mañana se puso el sombrero italiano y se ajustó el cinturón. La ciudad sonaba lejana aunque apenas recortaba dos escalones hasta el portal.  Don Pablo sonrió, se enfundó la gabardina y calzó su bastón. Todo preparado para el paseo por el parque de los Jesuitas, su pequeña odisea con un pícaro  envite a la vida.
Supongo que haría algo así. Quizá soy yo quien le obliga a repetirse mañana tras mañana en mi hoja vacía, como un ritual para mi propia consciencia, o para calmar esa lógica que a veces me pesa demasiado. Quizá porque no tengo ni idea, realmente, qué hacía por las mañanas y prefiero imaginarlo así, vistiéndose de dandy y partiendo hacía nuestro banco, banco en el que horas después dos enamorados se mentirían amor eterno, sin olvidar que todas las mentiras esconden su secreta verdad.
El día que conocí a Don Pablo hacía soledad. La tarde había entrado en una madurez calurosa y la chaqueta había abandonado mis hombros huyendo hacia zonas más tropicales. Mi cuerpo empapado de inercia, seguía a la sombra que proyectaba una mota de polvo de un lado a otro del paseo, dejando atrás segundos que de acuerdo con mi mente debían de pasar absolutamente en blanco. Me senté porque el banco parecía disimular bien su suciedad y eso le otorgaba cierto carácter, tan simple como eso. Dejé que un par de segundos merecieran la pena y los ojos cerrados permitieron que fuese un orgasmo de calma, ni siquiera tuve que fingir. Entre mis rodillas dormitaba mi cartera, en ella, se jugaban el ascenso a la luz una “Antología  poética” de aquella generación que no fue, “El último encuentro” del suicida húngaro Márai, un “Quijote” de literatura para masas que venía con el pan y Las fábulas y leyendas del mar de Cunqueiro. Fue éste último quien en una jugada memorable consiguió alcanzar mi mano alzándose así con la victoria moral, que al fin y al cabo es la que más vale.
Dice Cunqueiro sobre el mar de China que es rojizo hasta donde se pierde el horizonte, y que está dividido en siete pisos, cada uno habitado por una criatura fantástica. Por ejemplo, en el cuarto piso está el pez por antonomasia, sin duda alguna.
Su susurro se resbaló por encima de mi espalda:                                                        

 

- No es cierto eso, el pez por antonomasia es en verdad el pez por antonimia pero no se han puesto de acuerdo con él porque siempre se centra en llevar la contraria. Ya sabes como son algunos peces de tozudos. Y luego está el tema del idioma, que en Vigo no  pasa porque los peces hablan también castellano, pero es que en China, a ver quién les entiende. ¿Me puedo sentar con usted?

 

Apareció. Ahora pienso que quizá salió de un libro que no leí o quizá de todos los que esperaban ser leídos y perdieron su oportunidad. Se quitó la gabardina y se sentó junto a mí con la antigüedad de quien ha comprendido al tiempo.
06/11/2005 19:00 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

10/11/2005

Fábulas y Leyendas de un hombre de humanidad: Capítulo 2

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Llevo una bala cubana alojada en mi culo desde 1937.  Es una buena forma de empezar una historia, no te parece. No estaba seguro de que hoy aparecieras, me alegra verte. En el momento exacto si dolió no te voy a mentir, pero luego cicatrizó y la bala pasó a ser parte de mi nalga. Es un recuerdo de un viaje, un recuerdo que, literalmente, llevo dentro. En verano del 1936 entré a formar parte de la tripulación de un carguero con bandera chipriota llamado el “Esperanza”,  capitaneado por un holandés al que nunca llegue a ver. Estuve dos años a bordo de ese cascarón y navegué desde Barcelona a Guayaquil, perdiéndome por Lisboa, amando adolescentes en Palermo, y emborrachándome como un loco en una taberna de Puerto Cabello. La misma gente con caras distintas y los mismos bares con diferentes vasos. Me jugué el sueldo que no tenía y me rompí varias veces la cara por lo único que me quedaba, el honor. Recuerdo aquellos días con nostalgia, es cierto que no tenía nada, pero tampoco lo necesitaba, trabajaba para vivir y vivía para viajar, que al fin y al cabo era lo que realmente deseaba.
En Septiembre de 1937 el Esperanza tiró el ancla en frente de la Habana, y una barca de marineros se deslizó hacía la orilla cuando todos en el barco dormían. No era la primera vez que nos escapábamos a beber así que todo estaba bien calculado. Fue al quinto o sexto mojito cuando me quedé solo y me deslicé por aquellas calles en las que el ritmo se apagaba poco a poco. El único son que quedaba era, el que intermitentemente, remitía mi corazón borracho. La Habana vieja estaba dormida y yo era un intruso en ese sueño. De repente escuché las primeras notas de aquel Bolero de Juan Arvizu en que “me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”. Levanté mi mirada y ella estaba esperándome sin el camisón. En un momento inexplicable subí a su balcón y la besé, el bolero continuó y las palabras no fueron necesarias. Aquella diosa negra sabía muy dulce y, goloso, probé cada rincón de su cuerpo. Sus pechos acariciaban mis manos y sus susurros me hundieron en lo más profundo de su colcha. Me perdí en su jugo y dibuje espirales por debajo de su vientre, una y otra vez, como si la noche fuese a terminar al abrir los ojos.  De repente una puerta se abrió a mi espalda y el disparo sonó cuando ya sabía que me habían herido. Salté por la ventana y me desvanecí por aquellas calles que despertaban, dejando atrás a mi diosa y a un probable marido celoso con una pistola humeante en la mano. Que rápido se olvidan los sueños cuando tu nalga parece todo menos una nalga, y que juguetón se vuelve el tiempo cuando permite que te cuente esta historia tantos años después. Ahora mi bala, mi nalga  y yo nos vamos a cenar. Mañana nos vemos pimpollo. “Me siento tan sólo, tan lejos de ti, dueña de mi alma no me hagas sufrir”.
10/11/2005 15:51 Enlace permanente. Hay 1 comentario.


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