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01/09/2005
 Me empezaron a sudar las manos mientras esperaba a Catalina en el sofá. Nunca había tenido que pasar por algo así y recordé el día de mi boda, realmente un pensamiento de lo más absurdo que no tenía nada que ver con lo que en ese momento importaba, pero como ya veréis en ocasiones puedo llegar a ser bastante anormal, en el buen sentido de la palabra. Recordé como iba vestida Cata y como se tuvo que cambiar el traje cuando el niño del primo Manuel la vomitó encima, todo por la endemasía gastrica de calamares en situación ilegal que se había metido entre pecho y espalda el croqueto del muchacho. La fiesta duró hasta que Cata quiso y su madre nos dejó, y en la noche de bodas le dolía la cabeza, puedo afirmar que soy el único hombre de Cantalejo y alrededores que no ha hecho uso del matrimonio en su noche de bodas, y mira lo que te digo, con ganas me quedé, porque debe tener un regustín especial, además esas cosas a uno le marcan para luego y ya no afrontas el resto de tu vida de la misma manera, pero bueno eso es otra historia. La verdad es que allí estaba yo, esperando a Cata en el sofá, y porque no decirlo, muerto de miedo. No quiero que penséis que Cata es un monstruo, en todo caso una monstrua, por ser coherentes con la gramática y con el tema del género, que hoy día es un tema peliagudo que no termino yo de comprender, que toda la vida yo me he bañado en el mar de Cantalejo, pero ahora la señora farmacéutica dice que ya no es el mar, que ahora es la mar, que suena más poético, pero que al fin y al cabo sigue siendo lo que hay cuando se acaba la playa, aunque no estoy muy seguro porque, como dice la Cata, yo soy un poco becerro. Pues eso que la Cata salió a comprar la pesca y allí estaba yo sentado en el sofá mirando la puerta. Aquella situación me recordó a una película que vi en el cine Bámbola, la historia de un detective un poquillo desgarvao, que esperaba a la muerte en el sofá de su piso mientras se fumaba los cigarros que le había robado al jardinero que se acostaba con el marido de su amante. A la Cata no le gustó la película porque no tenía amor, pero la cata no tiene mucha idea de cine porque nunca ha salido de Cantalejo. Ese día me esposó a la cama y se emvolvió en una gabardina vieja. No os cuento lo que me hizo con la cubertería nueva, la que había pedido a la teletienda cuando se enganchó a la telecompra, que todavía me tiemblan las piernas cuando pienso en la espumadera, pero como me decía la culpa había sido mía por haberla llevado a ver una película de detectives y acción, con lo influenciable que se vuelve cuando tiene la regla. La Cata tuvo mucha suerte conmigo y aunque ella lo niegue fue ella la que se me arrimaba y me decía cochinadas, que en parte eso fue lo que más me gustó de ella, que a mí lo de la mente sucia no se me da nada mal. Yo era un magnífico bailarín, el señor del cha cha cha, de lo mejorcito de los quintos de mi generación. Era en las fiestas cuando de verdad nos acercábamos, nos gustaban los bailes arrejuntaos, donde nos sentíamos bien lo que había que sentir. De todas formas a la Cata había que vigilarla, porque en cuanto me despistaba ya tenía al del garaje encima la muy arpía, y ella que se dejaba para darme celos, y yo embrutecido como una cebolla montaba en colera, que se que la gustaba verme así, que siempre fue muy mala la Cata para estas cosas. Y allí estaba yo años después maldiciendo el día que bailé con la Cata y esperando que regresara a casa para decirle aquello, ya se la podía haber llevado el del garaje, que menudo peso de encima me iba a quitar yo, o de abajo según esté de humor la Cata. Pero asín es la vida, unas veces se gana y otras muchas se pierde. Y fue ahí cuando se abrió la puerta y mi voz sonó rota desde el fondo del sofá: - Cata, querida, se me han olvidado los tomates.
10/09/2005
 1. Ni siquiera yo mismo se cuando miento. 2. La verdad es que no se decir la verdad, aunque la verdad tampoco quiere existir. 3. De verdad que te quiero, de verdad que te esperaré, de verdad que ni me acuerdo como te llamas. 4. Decía el maestro que dos verdades son una gran mentira y una gran mentira es una mentira extraordinaria. 5. Te amo, je t’aime, I love you, como me decías que te llamabas? 6. Eres el amor de mi vida de hoy y prometo que a partir de ahora voy cambiar. 7. Ya sabes que yo no miento, me mienten mis palabras con la erótica de la fricativa. 8. Te quiero y siempre te querré. Tu nombre era…? 9. Miento para aceptar como soy. 10. Soy una gran mentira. Perdona olvidé tu nombre.
29/09/2005
 Yo no tuve la culpa. Fueron los diarios los que sacaron la noticia y embravucaron a la gente, incluso el mar se volvió violento quedando Poseidón en entredicho. En el muelle una pareja se besaba aplaudida por un par de caracolas salidas, en tanto, dos señoras rellenas de pavo real, llenaban sus bolsos con ladrillos, por si acaso el mar se seguía poniendo, mar al fin y al cabo. La charada huía de la espuma por encima de los tejados y las pelotas fueron requisadas por un guardia que tenía cara de salmón. A eso de las 6 de la tarde el gobierno prohibió el uso de la s y de la r, porque son letras que incitan a la revolución. Un intelectual nada revolucionario, que no se sabía atar la corbata, se rió de todos, y luego lloró, porque no tenía a nadie con quien reír, ni siquiera sus libros le habían esperado. Un jovencito de provincias buscaba una barca para cruzar el charco, Aqueronte le prestó la suya a cambio de un buen cocido y un café con hielo. La señora preparó el café y terminó de hacerse las uñas, que según el portero medían tres kilómetros y treinta dos centímetros, mientras oculto en una bolsa, un bandido la esperaba para amarla un sólo segundo, él no quiso cobrarla nada por sus servicios. En ese momento una paloma declaró su amor a una vieja viuda y la prensa del corazón dudo de sus intenciones. En la noche de bodas el botones recibió una buena propina y le compró a su novia pelirroja un trocito de la torre Eiffel, lo más romántico que habían hecho nunca por ella. La paloma y el botones perdieron la virginidad la misma noche. La cena se quedaba fría y el solitario no esperaba a nadie más, no sentía a nadie pues nadie existía para él, mientras se comía la cena fría se cansó de esperar a nadie. La maleta que venía de Trivoli se puso una pegatina de Barcelona y se fue de putas en las Ramblas, no recuerda cómo la portuguesa le abrió el cuero, pero nunca le habían abierto el cuero igual. Cerró la puerta y le dejó descansar, le cobró un trocito de juventud en una finca bonaerense, donde todavía la afición de Boca le echaba de menos. En el mismo portal una joven homicida dormía como sólo se duerme en Disney, convirtiéndose en pura heroína para huir de sí misma. Ya le dije al comisario que yo no tuve la culpa, fueron los diarios los que sacaron la noticia. El tranvía subía al Tibidabo y el tiempo jugaba a colgar una vida de otra en mis rodillas. Se hacía tarde.
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